EL LENGUAJE RADIOFÓNICO


Resumen

El presente artículo trata de integrar la información de siete diferentes investigaciones sobre la radio, su lenguaje y los componentes que la integran, le dan forma y se combinan para emitir un mensaje claro, sencillo y de preferencia para un público determinado, las diferentes formas de llegar a este, tales como la programación que emite debido a un análisis previo de los gustos, horarios y temas a tratar, el uso del discurso para llegar al oyente y la participación continua con su audiencia, que no solo sirva como medio de distracción, sino como medio fomentador de la opinión y la libertad.

Términos clave: Lenguaje radiofónico, programación radiofónica, participación.

Abstract

The present article tries to integrate the information of seven different researches on the radio, its language and the components that integrate it, shape and combine it to emit a clear, simple and preferably message for a given audience, the different forms of get to this, such as the programming that issues due to a previous analysis of tastes, schedules and topics to be addressed, the use of speech to reach the listener and continuous participation with their audience, which not only serve as a means of distraction, but as a means of encouraging opinion and freedom.

Key words: Radio language, radio programming, participation.

Introducción

La radio es el medio sonoro por excelencia. Sintonizar una emisora radiofónica sumerge al receptor en un universo sonoro capaz de despertar un cúmulo de sensaciones y emociones que difícilmente afloran con el consumo de otros medios de comunicación. En cuestión de minutos, la radio empapa a sus oyentes de alegrías y de tristezas, de sonrisas y de lágrimas, de ilusiones y de desengaños, de optimismo y de pesimismo, y, por qué no, de todo aquello que pase por su imaginación cada vez que escuchan una voz, una música o un silencio.

Desarrollo de contenidos

La radio tiene un lenguaje y un código específicos para construir toda esa amalgama de mensajes/sonido que llega a nuestros oídos a través de los aparatos receptores. Existe lenguaje cuando hay un conjunto sistemático de signos que permiten un cierto tipo de comunicación. Que un lenguaje se caracterice por una agrupación de signos es lo que lo define como sistema semiótico. Encierra dos aspectos: el código o repertorio de posibilidades para producir unos enunciados significantes, y el mensaje o variaciones particulares sobre la base del código. Pero la lingüística moderna fija un tercer aspecto entre el código y el mensaje: el uso social y cultural. La fundamentación de la existencia del lenguaje está en su decodificación, en su percepción e interpretación. Por consiguiente, no existe lenguaje si el sistema semiótico que lo comprende no incluye también su uso comunicativo. Esta comunicación solo es posible cuando el repertorio de elementos del que toma forma y organiza la secuencia de signos que constituye el mensaje es conocido tanto por el emisor como por el receptor.
Porque el lenguaje radiofónico no tiene límites, y eso es gracias a que su medio está abierto para que a través de él transiten y se muevan con libertad las palabras, los enunciados, las ideas, los pensamientos, los sentimientos, el acontecer, el humor, la filosofía, y la vida. Por eso indignan tanto los improvisados hablantes, los que tienen, con frecuencia, el vocabulario reducido; los que son incapaces de buscar y encontrar todas las posibilidades de la lengua. Esta lengua se modifica, es un ente vivo, cambiante, social y como tal se ve afectado por lo que ocurre en la sociedad y su evolución. Constatamos que hay vocablos que hemos dejado de escuchar y de usar porque el contexto y las circunstancias en las que se daban no existen más o se han modificado. Dichas modificaciones son naturales, producto de los cambios mismos en la vida cotidiana. Buena parte de las transformaciones de la lengua provienen de los medios de comunicación que no obedecen, obligatoriamente, al uso natural y social del mismo, sino a improvisaciones ajenas o, bien nos va, a cierta economía de palabras, por aquello de que el tiempo es oro. Así, se va eliminando poco a poco los artículos y se incorpora el innecesario e incorrecto uso del gerundio, el cual es propio del idioma inglés.

La voz (o el lenguaje de los humanos), la música (o el lenguaje de las sensaciones), los efectos sonoros (o el lenguaje de las cosas) y el silencio son los cuatro componentes del lenguaje radiofónico, aunque en un medio sonoro por excelencia como es la radio hablar de silencio pueda resultar contradictorio, hay que tener en cuenta que el silencio es también un sistema de signos, en tanto que cuando se utiliza en radio goza de significado, significante e intérprete. De los cuatro componentes del lenguaje radiofónico, es la palabra la que, sin duda, domina en el proceso creativo, muchos autores han llegado a calificarla como la “columna vertebral” del lenguaje radiofónico. Así, la música, los efectos sonoros y el silencio se acaban convirtiendo en meros elementos de refuerzo del lenguaje verbal. Armand Balsebre en su libro “El lenguaje radiofónico” define a este sistema como “el conjunto de formas sonoras y no sonoras representadas por los sistemas expresivos de la palabra, la música, los efectos sonoros y el silencio, cuya significación viene determinada por el conjunto de los recursos técnico-expresivos de la reproducción sonora y el conjunto de factores que caracterizan el proceso de percepción sonora e imaginativo-visual de los radioyentes”. Pero el lenguaje radiofónico no es únicamente la palabra; han sido casi siempre profesionales del periodismo radiofónico o investigadores de la radio como un medio de información periodística, quienes han defendido esta reducida capacidad expresiva del lenguaje radiofónico como un simple sistema semiótico de la palabra. El denominador común de los componentes del lenguaje radiofónico es, ante todo, su ilimitada riqueza expresiva y su gran poder de sugestión. Por eso, utilizando sólo la voz, o sólo la música, o la voz y la música, o la voz y el silencio, o todas las materias primas a la vez, podemos lograr que el oyente visualice en su mente un paisaje, recree un movimiento, sienta miedo, se entretenga o se aburra, ría o llore, calle o grite... Porque en el universo sonoro radiofónico todo es posible.

Hacer radio es definir y producir cotidiana y sistemáticamente la programación que le da vida a una emisora y que, por tanto, alimenta un tipo de relación de comunicación con una audiencia determinada. Ese eje central, rector, en torno al cual se articula el eje de la programación es lo que llamamos perfil de una radio, la cara de la emisora, de su personalidad. Distintas radios tienen, entonces, distintas personalidades. Pero las radios, en general, presentan características y potencialidades que les son comunes. Sin embargo, no todos los formatos que se encuentran en la programación radiofónica muestran un mismo nivel de intervención de la palabra, un programa musical debe valorar la presencia de la música por encima de la de la palabra, mientras que en un informativo el discurso verbal será el que predominará. Tan grave es considerar como radio a la sola emisión de música, como las emisoras que solo creen en la palabra hablada, sin hacer uso de otros recursos sonoros, como los que hacen en clase como ejercicios. Los tres son elementos indispensables en la radio. José López Vigil, en su libro “Radialistas apasionados”, nos cuenta que “lo que sale al aire, lo que se produce en la radio, es lo que comúnmente conocemos como programación radiofónica”, además define cuatro tipos básicos de programación: la total (de todo para todos), la segmentada (de todo para algunos), la especializada (de algo para algunos), y la llamada radio de formato. Cuando la radio opta por determinado perfil, opta por unos públicos y no por otros y al mismo tiempo decide si la programación será total o especializada, si se estructurará en mosaico, bloques o continuo. 

Una programación claramente diseñada es recomendable mantenerla por un buen tiempo, porque una vez que la audiencia ha convertido en un hábito la escucha de un programa específico, que tiene un horario, una estructura, contenido y una conducción que lo caracteriza, éste es difícil cambiarlo de la noche a la mañana. De ser así, esto rompería con las relaciones de certidumbre, las rutinas, los hábitos, la cercanía, confianza y referencialidad que entran en juego -en la relación audiencia y medio- desde el mismo momento en que se enciende un receptor de radio y que se prolongan más allá del simple encendido. "La programación es un ser vivo, se mueve. Los programas nacen, crecen, se reproducen (o te los copia la competencia) y mueren. O mejor, son matados. Una vez que la gente se acostumbra, resulta molesto andar moviendo el horario de un programa. Por eso, no se precipite para fijarlo. Investigue cuál es la mejor opción para su público preferencial. Después, no cambie la hora a no ser por razones de buen peso" explica José López Vigil en su libro “Radialistas apasionados” sobre la importancia de la buena programación. 
El diseño de una programación es una labor sumamente importante, que amerita investigación, reflexión, discusión y acuerdo dentro de un equipo programador. Romeo Figueroa nos indica en su libro “¡Qué onda con la radio!”, que “la función de la programación está centrada en prestar un servicio diverso, respetuoso y dinámico a un público que ya no se conforma con la música de fondo y los programas pasivos que se originaron en la primera época de la frecuencia modulada. El reto de la radio consiste en que un director de programas sea capaz de centrar su interés en el mundo del espectáculo y el de la información, que propicie nuevas alternativas de servicio a la sociedad y abra nuevos horizontes en el servicio al aire”, por eso debe cumplir varios aspectos como: establecer una imagen institucional, la calidad de la programación y el posicionamiento de esta.

Hacer radio es establecer comunicación, crear sentido común. Es considerar al receptor como un interlocutor; por que la radio provoca en la audiencia una relación personal gracias a la cualidad del sonido, que hace posible que quien escuche recree el mensaje de acuerdo con su experiencia, sus vivencias, su historia. Por eso el lenguaje radiofónico es flexible y permite expresar casi cualquier cosa, porque apela a la imaginación y a la buena voluntad del que escucha. De ahí, que el elemento más importante sea el habla, la palabra, la voz, sin perder de vista que va acompañada de la música y el ambiente sonoro. 

El conocimiento del lenguaje radiofónico en su conjunto habilitará al emisor para la construcción de productos radiofónicos más creativos en los que cada sistema ocupe el lugar que le corresponda aportando la riqueza de matices que se desprenden de su capacidad expresiva. El emisor debe tener un dominio excelente sobre las características del lenguaje radiofónico y adecuar sus expectativas a las líneas generales que definen los formatos, tanto si su deseo es respetarlas como propiciar innovaciones experimentales. Cada una de las formas sonoras y no sonoras que configuran este lenguaje puede cumplir diferentes funciones en el seno de un producto radiofónico y es a partir de ese cumplimiento que determinan su significado. Vossler consideraba al lenguaje como una obra de arte, pero al mismo tiempo como un instrumento al servicio de la comunicación. El lenguaje radiofónico es el instrumento que hace posible la difusión de noticias con mayor rapidez, la comunicación entre públicos masivos y heterogéneos, pero al mismo tiempo permite la creación artística. Cuando este medio fue creado para la difusión de información a un público lejano y heterogéneo, el mensaje sonoro, entendido como una sucesión ordenada, continua y significativa de “ruidos” elaborados por las personas, los instrumentos musicales o la naturaleza, y clasificados según los códigos del lenguaje radiofónico, surgía básicamente como discurso que imitaba la expresión de la naturaleza a través del sonido, como expresión que imitaba el universo de la palabra-sonido. Podemos encontrar tres sistemas sonoros bien diferenciados:  El proceso secuencial del discurso hablado, basado en símbolos acústicos; los sistemas acústicos, que reproducen una imagen concreta del desarrollo sonoro de un acontecimiento; y la música, que se presenta como un caso particular de comunicación constituida por elementos abstractos. A partir de esta clasificación se asigna la naturaleza estructural del mensaje, la cual está compuesta por tres sistemas expresivos muy concretos: la palabra, la música, y el ruido o efecto sonoro. Pero en ningún momento nos mencionan al silencio. Es cierto que la noción de silencio se afirma y define generalmente por su oposición al sonido: el silencio es ausencia de sonido; el silencio en la palabra es la pausa o ausencia de palabra. Sería razonable no clasificar el término como un elemento sonoro, pero, la información que transmite el silencio en la radio tiene suficiente significación como para considerarlo un elemento más del mensaje radiofónico: el sistema expresivo no sonoro del mensaje radiofónico. Además, es importante tener en cuenta que los planos predominantes en la radio actual son el Primer Plano (es la intensidad normal a la que estamos acostumbrados a escuchar en la radio) y el Segundo Plano (implica una intensidad más baja, es decir, los sonidos en serie que escuchamos de fondo), añadiendo finalmente el espacio y tiempo a esta estructura.


Cuando un locutor de radio o el hablante de radio solo hace uso de su capacidad verbal y de las características del medio, lleva a cabo un acto exclusivamente fonético, al transmitir un anuncio, al describir y enuncias, cuando el locutor lee las noticias, es probable que esté dando un paso más y entonces busque una respuesta, para lograr un efecto: comprar o usar un producto o servicio; advertir, informar. El locutor, como observador de los hechos y puente entre ellos y la audiencia, puede hacer presente a ésta en lo que narra, hacerse creíble y provocador de las fantasías. El hablante de radio es también un oyente, y eso más o menos lo comprende el que lo improvisa, pero a los que escriben para la radio se les olvida muchas veces usar un código escrito, para ser leído y no un lenguaje oral para ser escuchado. La concepción del lenguaje en la radio suele ser escrito y no oral. Se quiere manejarlo y programarlo desde el código escrito y no desde el habla. Los textos se escriben sin respetar o sin recordar que serán leídos en voz alta y en presencia de nadie, y que, al mismo tiempo, deberán ser oídos, escuchados, percibidos, recibidos, asumidos, por seres humanos, que están en otra parte y que quieren dialogar con él. Su base es el lenguaje coloquial, familiar, cercano, y por esa razón se queda en la mente y el alma del oyente. La radio es un medio que nos convoca, nos llama y, aunque lo hace personalmente, en forma íntima, somos muchos, una comunidad social la convocada por el mensaje. El oyente no está aislado, ni solo, aunque sí es único. No es solamente miembro de un grupo social; es uno y parte. Desde que la radio participa de la construcción de la historia y la cultura de la gente han ido ocurriendo muestras de inclusión por parte de ciudadanas y ciudadanos que, apreciando su rol individual y colectivo, van ubicándose en espacios de dominio propio.

En la radio, los mensajes tienen un componente semántico y un componente estético. Por un lado, el aspecto semántico, correspondiente a un repertorio de signos normalizados universalmente. Por otro lado, el aspecto estético, es decir, la expresión de las variaciones que la señal puede sufrir sin perder su especificidad; estas variaciones constituyen un campo de libertad que cada emisor explota de manera más o menos original. El mensaje es la suma de ambas informaciones: semántica y estética. Estos mensajes integran forma y contenido, o como señala la teoría de la comunicación, la integración de lo semántico y lo estético. Es semántico todo lo que concierne al sentido más directo y manifiesto de los sentidos del lenguaje, la relación constante de todo signo mantiene con el objeto que sustituye, desde el momento en que los signos son siempre equivalente de alguna cosa. Esto constituye el primer nivel de significación. El carácter estable de su simbolización (en la asignación de un determinado signo para nombrar un determinado objeto). La función estética hace igualmente referencia al placer que provoca la recepción de los mensajes sonoros, los cuales han de resultar agradables al oído. Trata la forma de la composición del mensaje. La información estética de un mensaje se fundamenta en la relación variable y afectiva que el yo o sujeto de percepción mantiene con los signos-objetos (objetos de percepción). Representa el segundo nivel de significación, connotativo, afectivo, cargado de valores emocionales o sensoriales, influye más sobre nuestra sensibilidad que sobre nuestro intelecto.

Los locutores y todos los hablantes de la radio tienes, aun sin saberlo asumirlo, la responsabilidad del uso social de la lengua, ya que buena parte de la población no tiene más con ella que lo que escucha por radio y televisión; el uso personal, cotidiano, como todos sabemos, es reducido, repetitivo, obvio; se limita a lo doméstico y a los amplio espacios de silencio en los cuales viven. Y esto lo recalcan Alfonso Blanco y Pilar Fernández en su libro “El lenguaje radiofónico: la comunicación oral” al explicar que “la radio es, ante todo, palabra y por ello, el cuidado y respeto hacia ella se hace totalmente necesario. Ante el micrófono es importante lo que se cuenta, pero también como se cuenta”. Por ese motivo el discurso radiofónico se enriquece gracias a las múltiples posibilidades combinatorias de las diversas fuentes sonoras que se utilizan, ya sean de la misma naturaleza (varias voces) o de naturaleza distintas (voz, música y efectos).Y en esa mezcla heterogénea hay un enriquecimiento doble: por una parte la naturaleza particular de cada fuente favorece la heterogeneidad estética y de contenidos, y, por otra parte, la alternancia de elementos genera ritmo de forma automática. La comunicación ciudadana, alternativa o comunitaria es un claro ejemplo del uso del lenguaje radiofónico y de la radio en sí, ya que no puede existir si no es en función de la dinámica social en la que se desarrolla. Es en la relación que establece con su audiencia y en el proceso de participación comunitaria, que se justifica la razón de ser de su experiencia de comunicación comunitaria. No existe una fórmula mágica para la sostenibilidad integral de los medios comunitarios, sin embargo, sus tres componentes –social, institucional y económico– deberían tomarse en cuenta para lograr un equilibrio que permita no solamente la supervivencia sino el desarrollo de los procesos de comunicación participativa.

Conclusiones

La radio posee un lenguaje sin límites ni barreras, capaz de llegar al oyente a través de la adecuada transmisión de mensajes, los cuales deben tener en equilibro dos componentes muy importantes: el semántico y el estético. Y añadiendo una programación atrayente, que cumpla con las expectativas de la audiencia, se logrará una adecuada participación de esta misma. Por este motivo, el locutor de radio tiene una gran responsabilidad con su audiencia, al transmitirle todos estos mensajes de forma clara y sencilla, con un adecuado uso de la lengua y de sus demás elementos.

El lenguaje radiofónico es el instrumento que hace posible la transmisión de noticias con mayor rapidez y eficiencia, la comunicación entre públicos masivos y heterogéneos, pero al mismo tiempo permite la creación artística. Por este motivo el discurso radiofónico se enriquece gracias a las múltiples posibilidades combinatorias de las diversas fuentes sonoras que se utilizan, ya sean de varias voces o de la unión de la voz, la música y los efectos sonoros, en contribución, el silencio distribuye las pautas que genera el equilibrio que los radioyentes necesitan para hacer de pertenencia los contenidos que el locutor desea transmitir.


 

Referencias

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Llanos, J. O. (s.f.). Las radios y sus alejamientos del medio. 5.

Páez, J. J. (2006). El lenguaje radiofónico: Introducción. Publiradio, 4.

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Vigil, J. I. (1997). "Radialistas Apasionados". Quito: Artes Gráficas Silva.


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